Artículo de: Alicia de la Vega
“Vivimos en la era de …”. No pensaba en la “tecnología” precisamente, que es lo primero que suele venirnos a la cabeza, “vivimos en la era de la gestión”, de la gestión de proyectos, de riesgos, de emociones, de recursos, … ¿Y la gestión del tiempo?
El tiempo, un bien tan intangible como apreciado en todas las eras de la historia, cuando en vez de gestión o management, se hablaba de tener o no tener tiempo. Estamos plagados de todo tipo de frases con la susodicha palabra, muchas para justificar las tareas que el ser humano obvia. Quien no ha dicho alguna vez aquello de no tengo tiempo. El tiempo ni se tiene ni se deja de tener, el día tiene 24 horas, y de nosotros, sólo de nosotros, depende aprovecharlo o perderlo.
Nuestro ritmo de vida, llamémosle occidental, se asocia a las prisas, todo el día corriendo, pero con menos resultados de los que nos gustaría obtener, especialmente en el mundo laboral, donde los ladrones del tiempo nos lo roban. Existe literatura, incluso seminarios para aprender a gestionarlo en el trabajo, pero no así para administrar el mismo en la vida privada. Que ama de casa de cualquier época habría necesitado nunca hacer un curso que le enseñara a optimizar el tiempo. La conciliación de la vida profesional y familiar ha obligado a urdir auténticas estrategias de planificación y programación, cual intendencia militar, para sacar el máximo rendimiento, estableciendo prioridades, como haríamos en el trabajo con el que nos ganamos la vida.
No obstante, en la vida privada también hay ladrones del tiempo, aunque quizá menos evidentes. Ladrones que desvían nuestra atención a asuntos que no aportan riqueza personal o nos la sustraen, como es ver ciertos contenidos de televisión o estar continuamente conectado a internet para contestar múltiples mensajes, creando un tipo de adicción nuevo. Pero hay muchos otros que, consciente o inconscientemente, no percibimos porque no tenemos tiempo para pensar, o no nos concedemos tiempo a nosotros mismos para pensar, no fuera que tuviéramos que tomar decisiones fuera de nuestra rutina habitual.
Plausible es la iniciativa del movimiento slow que aboga precisamente por recuperar períodos de calma en nuestras vidas, huyendo de la tiranía que hemos permitido que nos impusiera la tecnología. Quizá deberíamos plantearnos si nuestra vida privada se ha de mimetizar tanto con el ritmo de vida acelerado que nos impone todo lo que nos rodea, y si nos compensa a nivel personal.
El equilibrio entre las necesidades de una sociedad tecnológica acelerada y las nuestras particulares no es tarea fácil. Como reza el dicho el tiempo es oro y sólo de nosotros depende en que queremos invertirlo.
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