Las adicciones son uno de los
problemas más comunes entre la población. Afecta de manera singular a los jóvenes. Todos hemos oído hablar de la
necesidad imperante de fumar, de usar internet, de comprar, de sexo y amor, de alcohol
o de drogas. Todas las adicciones surgen no solo por fuentes psicológicas
(normalmente por baja autoestima o por miedo a la soledad) sino también por el
entorno social que nos rodea. De este punto surge el tema de la evasión de
problemas o falta de enfrentarse a la cotidianidad o a una situación puntual
que requiere nuestra energía durante un tiempo no corto.
En los jóvenes se da el hecho de
que necesitan sentirse queridos y
comprendidos por otros. De hecho la falta de afecto explicaría no solo el problema
de las adicciones sino también el problema de la soledad. La falta de afecto es
sin duda uno de los factores de mayor riesgo en el ser humano. De ahí que
ciertas adicciones provengan de raíz emocional, pero no todos. Una falta de
responsabilidad y de cierta certeza de encarar la vida conlleva el obsesionarse
con “algo”. Ese algo nos lleva a consumir de manera cada vez más intensa. De eso se habla cuando
se trata el tema de la “tolerancia”. La tolerancia del cuerpo a aumentar las
dosis de ese “algo” que psicológicamente nos da la sensación que nos llena. Ese
margen de tolerancia nos lleva a un punto límite de deterioro y ese punto
límite de deterioro solo se cura ahuyentando ese objecto de adicción. Cuando se
llega a este límite el síndrome de abstinencia es inevitable y es de dolorosa
resolución.
Hay determinados signos de alarma
de una adicción: hay cambios de hábitos, se viven momentos de euforia, hay
cambios de amigos o familiares, estados de ánimo alterados y puede haber cierta
demanda de dinero. El problema es que se va dando poco a poco hasta ser
insostenible. Una adicción es una dependencia. De hecho una persona que
necesita continuamente de ser objeto de devoción de los demás es una persona
adictiva pero no de las adicciones más oídas como las que he mencionado más
arriba. Las fases de la adicción empieza con la sensación de placer. El ser
humano siempre ha sentido una fuerte inclinación al apego, es decir, a mantener
aquello que le produce placer y además le tapa los problemas cotidianos. Posteriormente
existe como comentaba una alteración de conducta a partir de la necesidad de
perpetuar la adicción y así se descuidan actividades o personas. Normalmente en
este momento el enganche es tan fuerte que la persona se siente arrastrada a no
perderlo y aumentar las dosis. La última fase es el deterioro.
En la realidad se comete el error
de actuar contra la adicción cuando se ha llegado al deterioro pero lo sano
sería que por nosotros mismos o por el entorno se evaluara mucho antes. La
persona enganchada a un objeto de adicción es delicada sobre todo porque
condiciona todo su estado económico y vital entorno a esta necesidad.
El tratamiento contra las
adicciones es global. Parte de la idea de solucionar problemas que el individuo
tiene. También parte de la ayuda a crear un nuevo estilo de vida y por supuesto
control de los estímulos vinculados a la adicción. Se trata de integrar a la
persona a una vida normalizada. No es un castigo eterno ni algo imperdonable
caer en una adicción. En la vida estamos expuestos a muchos momentos de
desorden o dificultad o falta de compañía transitorios. Por ello de cada caída
en la vida hay que aprender y retornar a la vida con capacidad de generar una
senda sana y agradable. Para ello ciertamente el entorno condiciona pero vale
la pena recordar que los factores psicológicos y de decisión personal tienen un
peso significativo.
Gracias a que muchas veces encontramos afecto y buena
voluntad a nuestro alrededor conseguimos regenerar estos momentos adictivos
pero también gracias a la reflexión y a un sentido más profundo de la vida se
consigue retomar estos momentos.