“Dime
y olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”
Benjamin
Franklin
Tradicionalmente
se ha esperado de los maestros una buena capacidad en transmitir contenidos. El modelo de escuela que hemos tenido hasta el
S.XX fue producto de la Revolución Industrial,
Su objetivo era dotar a las nuevas generaciones de los conocimientos
necesarios para incorporarse a un mundo
laboral rígido, fuertemente jerarquizado según la procedencia social de cada individuo.
De la clase obrera, formada por la mayoría de la población, apenas se esperaba
que supieran repetir rutinas y acatar órdenes.
Pero
se trata de un modelo de escuela que los que ya estamos en la treintena (e
incluso la cuarentena) nos recuerda más a “El club de los poetas muertos” que a
nuestros propios maestros. La llegada de los ordenadores a las aulas puso en
entredicho la labor del docente tradicional de la misma forma que los nuevos
escenarios laborales demandaban mayor flexibilidad e iniciativa por parte de la
nueva clase trabajadora.
Todavía
esbozo una sonrisa cuando recuerdo las palabras de uno de mis profesores de
facultad; si varias personas que
vivieron en el S.XIX pudieran viajar a nuestros tiempos, emulando Regreso al futuro, quien más a gusto se
sentiría desempeñando su trabajo en el nuevo contexto sería el
maestro/profesor; porque su trabajo es de los que menos ha cambiado”. Yo, desde
mi humilde opinión de ciudadana, considero que no tengo un conocimiento lo
suficientemente amplio sobre la evolución de las profesiones para rebatir esta
afirmación, pero de lo que sí estoy segura es de que su reincorporación al
mundo laboral no iba a ser, precisamente, fácil. Me imagino su conversación con
el jefe de estudios, o el director del centro, al finalizar su primer día de
clase:
“Tendré que emplearme a fondo para que
este grupo trabaje como Dios manda.
Hoy ha sido un auténtico desastre: el alumnado no sabe a qué aula debe ir,
porque ya sin pasar lista está claro que las 12 chicas estaban en un aula que
no les correspondía. Además, no saben cuál es el libro que corresponde al curso
actual y han comprado así como una docena cada uno. Y son unos maleducados:
estaban fuera de su sitio cuando he entrado en el aula, ni siquiera se han
levantado a saludar, intervienen sin que les haya preguntado, me llaman por mi
nombre de pila y pretenden que yo haga lo mismo con ellos y se atreven a
cuestionar lo que digo. Y para colmo, dos alumnos me han pedido “el listado de
asignaturas optativas” y otros cuatro “el dossier de diversidad” ¡Como si esto
fuera el mercado! ¡Dónde se ha visto!”
En
este momento, el papel del maestro es, a todas luces, diferente. La sociedad ha
cambiado y en la escuela se reflejan estos cambios: la incorporación de la
mujer al mundo profesional en condiciones más cercanas (aunque todavía estamos
lejos de la ansiada igualdad) a las de los hombres, y la flexibilización del
mercado laboral han dejado desatendida a la ya llamada “generación llave”, y
los maestros y maestras deben responsabilizarse de la socialización primaria
del alumno, función que, en otros tiempos, correspondía a la familia. Ahora el
maestro/a, y especialmente el tutor/a, debe ser referente y modelo de conducta
para su alumnado, porque será el modelo masculino o femenino que tendrán muchos
niños cuyo contacto con sus madres, y especialmente padres, es insuficiente por
diferentes motivos (separaciones, nuevos modelos familiares, migraciones…).
En
un mundo globalizado, ya no se espera del maestro/a que se limite a transmitir
unos conocimientos, que para eso está Internet. Ahora su misión consiste en
conseguir que los alumnos y alumnas sepan manejar la información para resolver
problemas y retos, y en este contexto debe asumir el rol de acompañar en el
proceso de aprendizaje; porque, como nos recuerda Cody Blair con su Pirámide del aprendizaje: una
persona recuerda el 5% de lo que escucha, 10% de lo que lee, el 20% de lo que oye y ve (audiovisuales), el 30%
de lo que dice o demuestra, el 50% de lo
que argumenta, el 70% de lo que pone en
práctica y el 90% de lo que enseñan a otros. Ya se habla de la “clase al revés”, el ABP y
de no sé cuántos paradigmas nuevos más. Pero al final, cuando desde nuestra
adultez volvemos la vista atrás, quizá la lista de profesionales que han pasado
por nuestra vida que recordamos con más exactitud es la de maestros y maestras.
Y recordamos sus gestos con nosotros, aquella reflexión que nos hizo actuar de
otra forma, aquel momento de apoyo… y no cómo se hacía la raíz cuadrada que,
por cierto ¿ya han descubierto para qué sirve?