BICHO RARO
Siempre me han llamado bicho raro. No les falta razón, lo sé pero tengo mis manías y no las puedo obviar. Por poner un ejemplo cuando asisto a una conferencia me gusta llevar en el bolso algo relacionado con ella. Si hablan de revistas culturales, me llevo una revista cultural conmigo. Si hablan de conservas caseras, intento previamente hacer una en casa. Procuro hacer siempre consultas de tipo telemático- para eso soy una mujer del siglo XXI continuamente conectada con internet. Si se hablan del poder del ciudadano mantengo una actitud de baremo del actual sistema de quejas en las instituciones. Si participo en un coloquio mido el nivel de conocimiento del tema por parte del dinamizador. En fin, son cosas que rompen mi rutina diaria y me dan un cierto sabor del día a día. Así, sinceramente me siento algo diferente. Debo admitir que con mis rarezas tiendo a tener pocas relaciones humanas significativas pues tarde o temprano me comparan con una excéntrica vigilante audaz de lo que los demás hacen.
DESÁNIMO
Es difícil entender el desánimo de un adolescente que frente a los continuados esfuerzos con las matemáticas llega a la conclusión que el cálculo integral supera todas sus expectativas de éxito. Estuve a punto de dejar de asistir a las clases y poco me atreví a decir a mis padres que estaba casi renunciando a ejercer mi futura soñada profesión de economista si de ello dependía. Pero la vida tiene sus sorpresas. Me encontré casualmente a un profesor de ciencias naturales de cursos anteriores con quien había congeniado. No sé por qué me atreví a confesarle mi congoja. Con una sonrisa me contó una historia personal con su carrera universitaria y solamente me dijo una cosa: “No faltes a clase. Te pondré en contacto con mi prima que es ingeniera y ya verás que rápido solucionamos el problema”. Así fue, Elena me ayudó con tres clases gratuitas y finalmente inicié dos años más tarde mi carrera universitaria.
INICIATIVA
Es menester asegurar toda vía de creatividad a los chiquillos. No es poca broma el cortar las alas a las iniciativas de los más pequeños. Recuerdo un día que mi sobrina me sugirió dejar un letrero en la puerta para que sus padres cuando llegaran supiesen que nos habíamos ido a dar un paseo. Su opinión era muy válida. Una vez más me equivoqué y se lo negué. Aún recuerdo su cara decepcionada. Como reo que comparece ante un juez, ese fallo me persiguió durante mucho tiempo aun sabiendo que su importancia era obviamente relativa. Así es y como fianza del error cometido, en años siguientes intenté apoyar sus iniciativas, ora callando ante sus puntos de vista, ora donándola recursos para sus proyectos. ¿Cómo es posible que dos segundos de tu vida, un suceso aparentemente sin consecuencias relevantes, se te quede grabado en tu memoria de esa forma?
NO ME DEJAN CRECER
Es curioso que lo que antes es un alimento en tu vida se convierte de pronto en un obstáculo en mi camino. Mis padres no se acostumbraban a la idea de que crecía. En fin, era normal una disputa tras otra en mi deseo de enamorarme de quien quisiera, de trabajar en aquello que deseaba o de centrarme en mis descubrimientos cotidianos sin que tuviera que transmitir obligatoriamente mis experiencias. La desobediencia civil trasladada al campo familiar era una vía a explorar. Otra mi capacidad de embrujo personal o mi capacidad de vaquero, es decir, de llevar a buen puerto mis propósitos. En todo caso, sería razonable expresar mi descontento y mi profundo deseo de independizarme - primero psicológicamente hablando y segundo llevado a la práctica. ¿Serían capaces mis padres de darse cuenta que la edad de la infancia y la adolescencia había terminado?