Desde los remotos orígenes, el
hombre vive viajando. Los motivos de aquellos viajes eran sus deseos de
descubrir nuevos horizontes (que
suponían que existían), de conquistar nuevas tierras, de ampliar sus reinados. Más tarde, otros
fueron los motivos: huir de guerras, huir de pestes, huir de regímenes
dictatoriales, salvar sus vidas.
Pero, en la actualidad, ¿por qué viajamos?
Principalmente, creo que viajamos para
conocer otros mundos, otros horizontes.
Viajamos para ponernos en contacto con otras
culturas, para saber y ver cómo viven otras personas.
Nos desplazamos a lugares lejanos por
aventura, para desafiarnos o “retarnos” a nosotros mismos, comprobar hasta
dónde somos capaces de alcanzar logros, poniendo a veces en riesgos nuestras
vidas y que, con la presión que se percibe en ello, aumentar la adrenalina en
nuestro cuerpo.
Viajamos para contar lo que hemos visto, lo
que hemos conocido; y entonces, con lo aprehendido, podemos ofrecer nuestros
mejores consejos.
Viajamos para estudiar nuevas lenguas, para
perfeccionar los estudios aprendidos en nuestro país de origen; para trabajar, aplicando nuestros
conocimientos adquiridos.
Viajamos para descansar, para disfrutar de
las grandes creaciones de la Humanidad,
para distendernos de los largos momentos de stres, de trabajo diario y continuo.
Viajamos para sentirnos totalmente libres;
para experimentar esa sensación de
libertad que nos provoca el no tener ataduras o que esos hilos invisibles que
nos rodean sean suficientemente frágiles que se puedan romper con la sola idea
de cambiar de itinerario, cambiar de tren; sabiendo que a la vuelta de la esquina,
podemos partir hacia otro lugar.
Viajamos porque sabemos que nuestra capacidad
de asombro se pondrá en juego: no
vamos buscando cosas
distintas, sino mirar las cosas de una manera distinta.
Porque viajar nos abre la mente y el
corazón. Nos hace respetar más que nunca
a los demás, nos hace ser más tolerantes a todas las diferencias, nos hace
darnos cuenta que no somos el eje del mundo, nos hace vulnerables , nos hacer ver que en cada lugar hay gente
interesante, nos hace relativizar estereotipos, nos hace madurar, encontrarnos
a nosotros mismos, o volver a convertirnos otra vez en niños que observan el
mundo por primera vez y con los ojos bien abiertos, o sea: ver las cosas en su esencia.
Viajamos porque sabemos que estamos ante un
proceso de transformación personal, que nos abrirá nuestra mente y nuestros
ojos, como ninguna otra circunstancia
haya sido capaz de ello. Salimos siendo
una persona, y tras los mojones, los hitos, las curvas del camino y las sumas
de las experiencias, volvemos transformados.
Porque volvemos. Y, entonces, cabe preguntarnos ¿por qué volvemos?
Porque ese lugar que dejamos, que fue nuestro
punto de partida, nos comienza a generar la misma curiosidad que nos provocaba
el resto del mundo. Todo nuestro mundo
original, “primitivo”, lo sentimos, a la
distancia, extraño, incluso atractivo, entrañable.
Regresamos con todo ese empaque que
acumulamos en nuestro derrotero y de alguna manera irracional y sin sentido
alguno, tratamos de entrar en ese mundo del cual no nos sentíamos parte. Qué
paradoja!
Fernando Pessoa, en el “Libro
del desasosiego”, escribe:
Viajar?
Para viajar basta existir: voy de día en día, como de estación en
estación, en el tren de mi cuerpo o de mi destino, asomado a las calles y
plazas, sobre los gestos y los rostros, siempre
iguales y siempre diferentes, como son, al fin de cuentas, todos los pasajeros.
Si imagino, veo.
¿Qué más hago yo si viajo? Sólo la debilidad extrema de la imaginación
justifica que se tenga uno que desplazar para sentir.