sábado, 24 de octubre de 2015

¿Por qué viajamos?

Un artículo de: Margarita Fragale

Desde los remotos orígenes, el hombre vive viajando. Los motivos de aquellos viajes eran sus deseos de descubrir nuevos horizontes  (que suponían que existían), de conquistar nuevas tierras,  de ampliar sus reinados. Más tarde, otros fueron los motivos: huir de guerras, huir de pestes, huir de regímenes dictatoriales, salvar sus vidas.
  Pero, en la actualidad, ¿por qué viajamos?
  Principalmente, creo que viajamos para conocer otros mundos, otros horizontes.
  Viajamos para ponernos en contacto con otras culturas, para saber y ver cómo viven otras personas.
  Nos desplazamos a lugares lejanos por aventura, para desafiarnos o “retarnos” a nosotros mismos, comprobar hasta dónde somos capaces de alcanzar logros, poniendo a veces en riesgos nuestras vidas y que, con la presión que se percibe en ello, aumentar la adrenalina en nuestro cuerpo.
  Viajamos para contar lo que hemos visto, lo que hemos conocido; y entonces, con lo aprehendido, podemos ofrecer nuestros mejores consejos.
  Viajamos para estudiar nuevas lenguas, para perfeccionar los estudios aprendidos en nuestro país de origen;  para trabajar, aplicando nuestros conocimientos adquiridos.
  Viajamos para descansar, para disfrutar de las grandes creaciones de la Humanidad,  para distendernos de los largos momentos de stres,   de trabajo diario y continuo.
  Viajamos para sentirnos totalmente libres; para experimentar esa  sensación de libertad que nos provoca el no tener ataduras o que esos hilos invisibles que nos rodean sean suficientemente frágiles que se puedan romper con la sola idea de cambiar de itinerario, cambiar de tren;  sabiendo que a la vuelta de la esquina, podemos partir hacia otro lugar.
  Viajamos porque sabemos que nuestra capacidad de asombro se pondrá en juego:   no
vamos buscando cosas distintas, sino mirar las cosas de una manera distinta.
   Porque viajar nos abre la mente y el corazón.  Nos hace respetar más que nunca a los demás, nos hace ser más tolerantes a todas las diferencias, nos hace darnos cuenta que no somos el eje del mundo, nos hace vulnerables ,  nos hacer ver que en cada lugar hay gente interesante, nos hace relativizar estereotipos, nos hace madurar, encontrarnos a nosotros mismos, o volver a convertirnos otra vez en niños que observan el mundo por primera vez y con los ojos bien abiertos, o sea:  ver las cosas en su esencia.
  Viajamos porque sabemos que estamos ante un proceso de transformación personal, que nos abrirá nuestra mente y nuestros ojos, como ninguna  otra circunstancia haya sido capaz de ello.  Salimos siendo una persona, y tras los mojones, los hitos, las curvas del camino y las sumas de las experiencias, volvemos transformados.
  Porque volvemos. Y, entonces,  cabe preguntarnos  ¿por qué volvemos?
  Porque ese lugar que dejamos, que fue nuestro punto de partida, nos comienza a generar la misma curiosidad que nos provocaba el resto del mundo.  Todo nuestro mundo original, “primitivo”, lo sentimos,  a la distancia, extraño, incluso atractivo, entrañable.
  Regresamos con todo ese empaque que acumulamos en nuestro derrotero y de alguna manera irracional y sin sentido alguno, tratamos de entrar en ese mundo del cual no nos sentíamos parte. Qué paradoja!


Fernando Pessoa, en el “Libro del desasosiego”, escribe:
Viajar?
Para viajar basta existir:  voy de día en día, como de estación en estación, en el tren de mi cuerpo o de mi destino, asomado a las calles y plazas, sobre los gestos y los rostros,  siempre iguales y siempre diferentes, como son, al fin de cuentas, todos los pasajeros.  Si imagino, veo.

¿Qué más hago yo si viajo?  Sólo la debilidad extrema de la imaginación justifica que se tenga uno que desplazar para sentir.