miércoles, 31 de agosto de 2011

Microrrelatos de abogacía

Ya son dos años que participo en el concurso mensual de microrrelatos del colegio de abogados de Madrid. Se trata de un concurso donde te dan cinco palabras y tienes que escribir un pequeño relato de máximo 150 palabras. Este concurso me facilita la práctica de la síntesis literaria pero debo decir que no he ganado ningún premio hasta el momento. He aquí cinco microrrelatos de abogacía que espero os guste:

AGUA

Tuve un sueño intenso y algo premonitorio o al menos, era una sombra proyectada de mi inconsciente. No podía aceptar aquella factura desmedida de consumo de agua. Por consejo de mi abogado la liquidé y me guardé el recibo de pago. ¡A juicio los llevaré!- juré ante mi abogado-¡Se sentarán en el banquillo como vulgares delincuentes!. Sin embargo, la habilidad de los abogados desembocó en un pacto oneroso y así anularon la vista oral prevista. No es que viera con buenos ojos ese final poco brillante y académicamente hablando soso y aburrido. Por lo menos recuperé esa falsa deuda y como burbujas de una gaseosa mi espíritu rebelde se apaciguó. Ahora, repuesta del susto, mi sueño me llevaba a un hotel descansando de los infortunios imprevistos de la vida.

PAGESA

No hay duda que las mujeres del campo tenemos una gran valía. Mi marido estaba paralizado ante la resolución del juicio y en espera del resultado del recurso que interpuso, se negó a ayudarme a las faenas habituales. Ni en un día nublado se dignaba a cerrar las ventanas y el portón, algo que tenía por costumbre. No paraba de repetir que era inocente. Mientras tanto, yo batía la mantequilla, recogía los tomates y hacia confituras; también recogía la leña para atizar el fuego por la tarde, preparaba los quesos y atendía los pedidos de los restaurantes próximos, hacía mermelada y cocía la calabaza. Callado se sentaba a la espera de que le trajese el té con bizcochos por las mañanas. ¡Si al menos consiguiera que nuestro gato fuese puente de comunicación!

CAMPANAS DE MEDIANOCHE

A pesar de todos los pesares, sentí una gran pena cuando finalizamos, todo nuestro equipo de metalurgia, el trabajo encomendado por el obispado de nuestra ciudad. Era una subcontrata pero nos sentíamos como la columna de todo el proyecto. No era sencillo construir el badajo de una campana de tantas toneladas de peso con una precisión al milímetro siguiendo los planos de los ingenieros. Lo complicado, una vez más, vino de la mano de las cuentas. ¡Cómo íbamos a esperar que tras ser meticulosos con los plazos de entrega y encaje, nuestro cliente no cumpliría en su vencimiento de pago! Protestaron a última hora sobre el precio final, a pesar de ser presupuestado anteriormente. Acabó todo en manos de abogados. ¿Acaso se pensaron que tanta dedicación, sofisticada y artesanal, tenía un precio de una mandarina?

GIRO PROFESIONAL

¿Abogada de turno de oficio?- esa fue mi pregunta. Tan justa iba en mi economía en el despacho de abogados que opté por llevar casos de difícil resolución, penurias varias de divorcios empedernidos, maltrechas relaciones conyugales y negocios mal administrados por no decir, cualquier negocio hundido por una conocida codicia cortoplacista de los gestores. Todos ellos con trasfondo gris, casi negro, donde lo que privaba era el no pagar los servicios de un abogado ilustrado conocedor de sus tasas profesionales. Mi primer caso de esta nueva tipología consistía en defender a una agencia de viajes que solía vender un boleto diario falso por internet. Empecé a darme cuenta que lo primero que debía hacer era ir a una iglesia y encender un cirio. ¿Cómo iba a defender algo tan aplastantemente fraudulento?. Quizás debería incorporar a mi nuevo repertorio rezar diez Ave Marías.

EL VEREDICTO

Al final suspiré. La condena unánime del jurado al supuesto parricida se me antojó un espectáculo de gladiadores luchando a brazo partido en la arena de un circo romano. Todos mostraban rostros serios, descompuestos y sin ánimo de lucir un leve ademán de emoción contenida. El informe psiquiátrico no exculpó al muchacho quien con treinta años descargó su ira hacia su padre, harto de ser diana de frustraciones sociales. La sala se mantuvo en silencio y yo, decidí al oír el veredicto que volvería a casa de inmediato con el alma más sosegada pero reteniendo en mi hondo silencio los gritos de auxilio del vecino. Allí me esperaba una maqueta a medio terminar que debía entregar a un cliente a la semana siguiente.