Un 12 de septiembre me hice la prueba de embarazo. Era domingo, venía de una despedida de soltera y compré el Predictor en una farmacia de guardia. Pau, mi compañero, me esperaba en casa y entre nervios y risas, los dos miramos atentamente el curioso aparato. Al momento se volvió de color rosa, aún lo guardo en el baño, de recuerdo. No sabía si creérmelo.., en ocho meses nacería Ivet. Pasé un agradable embarazo, lo disfruté mucho y aprendí mucho de mi misma. Mucho antes de quedar embarazada tenía bastante claro que deseaba un parto natural. No fue fácil, pero resultó más llevadero el parto en si que el peso de todos los meses anteriores. Pasé meses luchando por tener un parto digno. Es muy triste decirlo, pero me sentí así, luchando, ya que en el momento actual los partos se han convertido en algo totalmente medicalizado, controlado y poco respetado. Pienso que en la naturaleza de las mujeres se encuentra la capacidad de parir de modo natural. Estoy convencida también de que, gracias a los avances médicos se ha salvado la vida de muchos niños, pero solamente sería partidaria de utilizar dichos avances si fueran estrictamente necesarios. Estamos muy mal informados de las consecuencias que puede tener sobre el bebé un “parto sin dolor”. Deseamos un parto rápido y fácil, sin tener en cuenta los riesgos que puede conllevar y las secuelas que puede dejar en el recién nacido. Queremos un parto sin dolor, si, pero, ¿a que precio?. Tememos el dolor, no queremos que la madre ni el bebé sufran, pero luego pedimos que no nos realicen la episiotomía... soñamos con una rápida recuperación y que se evaporen por arte de magia esos quilos de más... Esta bien, es comprensible pero, llegados a este punto, quisiera plantearos la siguiente cuestión: ¿Tiene sentido hoy día parir de modo natural y con dolor? A mi me ha recompensado.
Desde el momento en que conocí mi embarazo sentí que quería parir de modo natural, pero no disponía aún de suficiente información. Empecé a moverme, tenía claro que quería parir en un hospital pero mi duda era en cuál y con quién. Buscaba a alguien que respetara 100% el proceso de parto natural. Encontré a Dolores, ginecóloga con la que congenié, pero tuve dudas con la clínica que, al ser privada, atendía poco las necesidades de este tipo de partos. El mismo equipo médico me comentó que en las clínicas privadas están acostumbrados a un parto totalmente medicalizado y en ellas, las estadísticas reflejan un mayor volumen de cesáreas que en las públicas, asunto éste en el que no voy a profundizar, pero que me parece digno de una investigación policial....
Paralelamente a Dolores, las dos personas más importantes para mi fueron Noemi, terapeuta (www.noemicodina.com) y Teresa, comadrona. En el taller prenatal, Noemi nos explicaba la importancia durante el embarazo de sentir las necesidades del bebé, como satisfacerlas y también cómo, en el proceso del parto era importante dejar hacer, dejar que el bebé fuera a su ritmo, sin prisas, respetándolo en todo momento... Nos enseñó a generar espacio dentro del útero para que el bebé pudiese moverse más y mejor, a relajar, a respirar, a estar atentos al tiempo que el bebé necesita para salir. Teresa, muy a favor del parto natural, resolvía nuestras dudas y siempre salíamos de las clases preparto reconfortados, seguros de nosotros mismos, teniendo claro lo que deseábamos y como debíamos transmitirlo. Si, si, lo digo bien... ¡como debíamos transmitirlo a los profesionales! Así lo hice con Dolores, mi ginecóloga... le planteé como deseaba que fuera mi proceso del parto, punto por punto. Es importante transmitirlo antes de parir, ya que, cuando te encuentras en la fase de parto, sino tienes las cosas muy claras lo normal es dejarse llevar por los profesionales.
Olvidaba mencionar a la persona para mi más importante: Pau, mi compañero. A parte de su apoyo constante a lo largo de todo mi embarazo, fue en el día del parto cuando, de modo especial, me transmitió tranquilidad y mucho ánimo. En ese momento crucial fue su brazo el que me ayudó a soportar y superar cada contracción...
Con la experiencia que me ha dado el yoga, meditaba con Ivet, para Ivet, por Ivet. La sentía y hablaba con ella de un modo casi extra-sensorial. Ella siempre me decía que me lo pondría muy fácil, que me ayudaría en el momento del parto y que confiara en ella. Al principio, durante los tres primeros meses, le intenté transmitir mucha confianza y seguridad, para que el feto se desarrollara sano y fuerte. Durante el segundo trimestre, fue ella la que me regaló su fuerza y valentía. En el tercer trimestre mi mantra fue “obrir per fer cami” (abrir para hacer camino).
En algún momento pregunté a Ivet si podría parir de modo natural, ya que el miedo y la inseguridad me hacían pensar que no sería capaz. Siempre me contestaba que si, que podríamos... Por supuesto, de vez en cuando durante este tiempo, me asaltaron dudas e inseguridades. Sin embargo, la superación una a una de todas estas trabas, me proporcionaron la fuerza y la energía necesarias para afrontar el momento decisivo del parto. Siempre me preguntaba como sería, que dolor sentiría, en que día me pondría de parto... El control mental y el estar bien informada fueron claves para superar estos momentos de indecisión.
Y finalmente, llegó el día decisivo. Fue el 15 de Mayo cuando, practicando yoga, rompí aguas. En las clases ya nos habían comentado que, una vez rompes aguas, había que estar tranquilo, podían esperarse entre tres y cinco horas si la frecuencia de las contracciones era mayor a cinco minutos. Así que me encerré en la habitación con una gran pelota para realizar movimientos pélvicos... cada vez que venía una contracción seguía perdiendo agua. Mientras, Pau, con tranquilidad, siguió doblando ropa como estaba haciendo unos minutos antes. Al principio identificaba cada contracción y su duración, pero a la media hora de estar en la habitación, empecé a sentir contracciones más fuertes y más seguidas. Pau controlaba con el reloj la frecuencia de las mismas, ahora ya venían cada dos minutos, no me daba tiempo a relajar y recuperarme para la siguiente. Enseguida me duché, incluso me depilé, y nos encaminamos hacia el hospital.
Cuando llegamos me hicieron un tacto, estaba ya de siete centímetros. Comenté a las comadronas de guardia que deseaba un parto natural, pero ellas, con cara de extrañeza y desconfianza, intentaron venderme la epidural. Mi ginecóloga no había llegado y las comadronas necesitaban controlar la situación y sin epidural no la controlaban, ya que sin ella yo me podía mover libremente. Sentía mucho dolor y tuve un momento de debilidad, pero cuando me vendieron de esa manera tan fantástica y maravillosa la anestesia, fue cuando me vine arriba, conocía bien lo negativo que podía llegar a ser, así que me dije: arriba con mi parto natural. Las comadronas, nerviosas, no pararon de hacerme preguntas que yo consideraba estúpidas en ese momento. Después del parto, comentando esto, me dijeron que lo habían hecho para entretenerme. Pero en ese momento yo no necesitaba entretenimiento alguno, precisaba concentración, estar muy atenta y consciente de mi cuerpo, de cada contracción y sobretodo, necesitaba tranquilidad. Esas preguntas las sentí como dardos, la sensación y la imagen que registré fue que esas palabras que oía se abalanzaban contra mi como puñales, lanzados sin un mínimo de conciencia. Intenté responder educadamente, deseando que terminaran. El broche final fue la presentación de una bandeja para que pudiera escoger los pendientes de la niña aún no nacida... Imaginad la situación: piernas abiertas, fuertes dolores, contracciones cada treinta segundos y yo allí escogiendo pendientes... ¡No me lo podía creer! Al mismo tiempo me informaban del importe de dichos pendientes. Finalmente, ya muy enfadada, alcé la voz para gritarles: ¡Quiero las plateadas!
Por fin llegó Dolores, mi ginecóloga. A partir de ese momento, las comadronas y yo misma nos relajamos. Dolores, muy amablemente, se dirigió a mi con dulces palabras. Con voz pausada me susurró que lo estaba haciendo muy bien... Justo lo que necesitaba: algún profesional que me apoyara y tranquilizara y que no me pusiera nerviosa con preguntitas absurdas. Puso una música relajante y en pocos instantes, aquel estrés que había sentido se convirtió en paz, tranquilidad y, sobretodo, confianza. Confianza para ver nacer a Ivet de forma natural, como yo siempre había deseado. Increíble fue el momento en que Ivet, ya sobre mi pecho, me miró con sus ojos muy abiertos. Le di las gracias..., ¡realmente pudimos!
Animo desde aquí a parir de modo natural, siempre de forma digna y respetuosa. Hacerlo así fue para mi una gran satisfacción, ya que conseguí lo que quería. Animo a las futuras madres a enfrentarse a ese dolor, porque la vida es alegría, es amor, pero también es dolor. Si no aprendemos a sentir el dolor, nos cerramos a otro tipo de percepciones. El atrevimiento que se necesita para sentir el máximo dolor, nos puede compensar poniéndonos en disposición de percibir también el máximo placer. .