MI NUEVO EMPLEO
Aún me acuerdo de mis primeros pinitos en el mundo de la televisión. Tenía recién cumplidos los diecinueve cuando me contrataron como técnico de sonido de un programa de la llamada tele rosa. El programa duró apenas dos meses. ¡Qué escándalo cuando se supo que parte lo financiaba el ayuntamiento, el cual fue, bajo jurisdicción autonómica, fue inculpado por malversación!. El morbo del programa era excesivo. Todo acabó en los juzgados con multa por violar el derecho de intimidad de algunos famosos perseguidos día y noche. Tal fue el impacto que recibí que recuerdo soñaba con cualquier papparazi quien surgía en mis sueños como un espectro viviente. Mi vida tomó un cauce completamente opuesto desde aquella experiencia. Decidí ser más paciente a la hora de optar por un nuevo programa de televisión, cerciorándome de una calidad aceptable.
PATRIMONIO HISTÓRICO
La minuta del abogado fue alta pero más penoso fue el largo proceso judicial al que me sometí. De ninguna de las maneras pensé que la resolución final iba a tardar cuatro años. Litigar es un proceso costoso y que exige una paciencia extraordinaria. Eso es así porque me faltó cabeza para cortar el problema cuando aún era pequeño. Descubrí los desajustes arquitectónicos temprano pero no le di importancia. Lo cierto es que se agravó con el tiempo y como un corredor que aprieta sus talones en un spring intenso tuve que luchar sin demora. La antigüedad de la casa fue un factor decisivo para conseguir un buen caudal financiero público pese a la resistencia de la administración pública. De hecho ese apoyo del sector público me ayudó frente a las codicias y egoísmos privados que poco les importaba si la casa tenía clasificación de patrimonio histórico
UN
PINTOR EN PROYECTO
Cuando era joven me gané la vida haciendo fotos de bebés para una revista infantil. Mi deseo era llegar a ser un pintor, no un fotógrafo. Así, sin más, me embarqué en la carrera artística sin apenas recursos para subsistir. Fue duro pero conseguí ser un profesor algo ambulante de dibujo. Mi sueño me perseguía, no quería que fuese fugaz sino duradero. Junto con unos amigos monté una asociación sin afán de lucro y nuestro logro era una especie de espejo de lo que todos deseábamos: ser “robles” frente a la adversidad y nuestras circunstancias. Sin embargo debo admitir que tras diez años de intentos solo me quedó de ese proyecto quebrado un embargo de la casa de mis padres. Creo haber pagado caro mi sueño así que volveré a fotografiar a bebés a quienes deseo sinceramente no se les ocurra ganarse la vida con la pintura.
TOM WOLFE
Me dirigí al restaurante para tomar un menú. Era mi descanso tras estudiar a fondo el pleito entre mi defendido, un trabajador honesto y frágil, y su empresa: una multinacional que no escondía su desmedida fuerza. Por lo visto tras presentar una demanda, inesperada para ellos, de mi defendido; una comisión de estudio se reunió durante horas como si de un negocio de millones a ganar se tratara. Aquellos abogados jóvenes y audaces se me antojaban protagonistas de un buen conocido libro: “La hoguera de las vanidades” de Tom Wolfe. La clave para ganarlos era evidente: mi especialidad consistía en el derecho de trabajo europeo y mi visión iba más allá del localismo con que se pensaban iba a actuar.
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